1 de noviembre de 2011


 Vos me dirás que sin creer en la gente no se puede vivir, y yo pienso lo mismo. Que a la gente hay que otorgarle un buen puntaje "de entrada". De uno a diez: diez. Y con el tiempo se lo confirmamos o le vamos restando de a poco, un punto hoy, otro dentro de unos meses… Lo triste es cuando se los tenemos que restar todos de golpe, en una sola vez, como el viento huracanado de la tormenta echa por tierra los frutos que estaban endulzándose en las ramas del árbol. La desilusión es un viento sin aviso, o quizás con pequeños avisos de los que no pudimos o no quisimos darnos cuenta.
 Tal vez si hubiésemos reparado en aquel gesto o en aquella palabra a los que no le dimos importancia… tal vez, tal vez. Pero si bien no se puede vivir sin creer en la gente, es difícil y doloroso darse la cabeza contra la pared en el momento de la decepción. Es la expresión de asombro frente a lo incomprensible. Y los ojitos de llanto. Y un interrogante ácido dibujándose en tu corazón.